Josué Sánchez
Por Manuel Baquerizo (Publicado en la Revista "Ciudad Letrada" nro 9)
![]() Josué Sánchez (Huancayo, 1945) es uno de los pintores más representativos de la sierra central del Perú. En las creaciones de Josué Sánchez podemos distinguir hasta cuatro fuentes nutricias: a) la vida comunitaria campesina; b) el legado cultural pre-hispánico (en particular, mochica, nazca y tiahuanacoide); las expresiones del arte popular (id est, los mates burilados, los tejidos y la cerámiça); y d) la tradición cristiana y bíblica. El pintor se nutre de las emociones de la vida agrícola y comunitaria del valle del Mantaro y de las regiones de sur andino. El campesino y su horizonte ideológico aparecen en sus lienzos en estado casi virginal, no contaminados aún por las influencias de la urbe y la civilización occidental. Podría decirse que son una celebración lírica de la naturaleza y de la vida elemental, donde los hombres desenvuelven su existencia en relación permanente con las plantas, los animales y el paisaje siempre inalterable e infinito. El artista exalta la vida colectiva, el trabajo, el juego y las fiestas rituales. Por eso, su pintura tiene un entrañable sentido eglógico y un delicado toque de ternura. Sus primeros trabajos solían. captar solamente el lado amable y festivo de la vida campesina, sin caer por ello en el bucolismo. Con un imaginario plástico más rico y variado que el de los indigenistas, su pintura daba la impresión de ser una visión muy benévola y raramente patética. Pero, en los últimos años, se ha acentuado en sus obras el sentimiento de la muerte y la violencia, según es de apreciarse, por ejemplo, en los lienzos titulados «Ayacucho» y «Selva trágica». Y, sobre todo, en los que ahora reproducimos, donde se alegoriza las matanzas, el genocidio y los entierros clandestinos. La pirámide en uno de los cuadros es una especie de monumento a los miles de campesinos asesinados. En otros cuadros podemos ver a los cuervos -los heraldos de la muerte- acechando a sus presas. Todo esto, expresado, naturalmente en el marco de una visión mítico-realista. La vieja tradición andina está presente en las imágenes y los motivos estilizados tomados de los tejidos y esculturas (como las serpientes y otras figuras zoomorfas) los que le dan esa peculiar atmósfera mítica y fabulosa. En sus cuadros no es difícil descubrir la iconografía de algún tejido nazca o mochica, reelaborado -claro, es- por una sensibilidad de nuestros días.
El repertorio cristiano tiene que ver con la formación religiosa que el autor recibiera de su padre (pastor evangélico con quien vivió un tiempo en una iglesia protestante de Warivilca), y también de las circunstancias de su trabajo (la pintura de murales en las iglesias). Los motivos de inspiración bíblica se hacen visibles sobre todo a partir del fresco que pintara en Chongos Alto (1973). Lo más notable en estas obras es la transfiguración ideológica que se produce en los temas: la escena del juicio final en el mural de Morococha, por ejemplo, es una transposición mítico-religiosa de la explotación de los obreros mineros y de su esperanza en la redención social. Todo lo cual le da a su pintura una cierta tonalidad mística.
La materia narrativa no lo es todo, desde luego. Lo más importante, desde el punto de vista artístico, es que para configurar este desgarrado universo (donde se confrontan las concepciones del mundo nativo y occidental), el autor tuvo el gran acierto de transponer al arte culto y erudito el lenguaje y la forma del arte popular: la composición totalizadora, los planos superpuestos, las secuencias narrativas, la frontalidad y el uso mínimo de la perspectiva que caracterizan a los mates burilados; el colorido de los tejidos y la profusa imaginería de los bordados talqueados, amalgamando así valores locales y universales. |
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Citado en Diario Correo del 16/04/04
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Al
conversar con él, una cuestión inevitable es saber sobre sus
pinturas de la avenida Giráldez. Al instante, el tenor de su voz
registra una impotencia triste al recordar la situación rasgada de
sus obras sobre aquellas paredes, «es una agresión contra mí»,
refiere y dirige hacia sus esculturas de granito de concreto,
miradas mucho más amorosas. Más allá, en los muros, en el suelo y
hasta en el techo de su vivienda, respiran casi con vehemencia
humana, sus tallados -en piedra y madera-, sus cerámicas, sus
grabados y para coronar su faena interminable, sus cuadros en
acrílico pintados con colores puros, librados de la azarosa
perspectiva y colmados de estética andina sedienta de identidad.
«Todo comenzó», inicia a evocar Josué, «cuando salí descalificado
durante un concurso de pintura porque ya se reflejaban las
tendencias de los dibujos planos, entonces, me esmeré por cultivar
ese estilo. Fui asistente en una agencia de publicidad (1963) y
terminé mis estudios de arte en la Escuela de Bellas Artes (1969).
Cuando vea cumplido el sueño de convertir mi casa en un centro
cultural que posea galería, museo y taller, sabré que ese esfuerzo
no fue en vano», explica con la seguridad que diferencia a los
optimistas. Sin embargo, este sueño no es remoto. Sus obras están
sembradas -literalmente- en todo el mundo, a tal punto que una
iglesia alemana conserva tres murales de su autoría y sus tapices se
exhiben en una exposición rodante por todo Suiza. Aquí cerca, en el
convento de Ocopa, Josué revistió alegóricamente durante 9 meses de
trabajo, 400 m2 con la vida evangelizadora de los franciscanos en la
selva peruana; Con la misma pasión, culminó en Chongos Alto un mural
sobre el antiguo y nuevo testamento en un espacio de 350 m2. Para
este artista, la creación de un cuadro emerge de un proceso
idealista. «Pienso en el conjunto, luego en las particularidades,
después dibujo mientras las lecturas previas alimentan las ideas»,
afirma con rara familiaridad. ¿Podrías conceptualizar tu estilo?, le
preguntamos y sentenció como rezando: «Es una nueva figuración
indigenista de corte moderno cargado de un realismo social de mucha
religiosidad andina.» Cualquiera que entre en contacto con nuestro
pintor, descubre con agrado su ilimitado potencial. En efecto,
sorprende su afán por publicar los libros «Huasi Lulay: La vivienda
rural en el valle del Mantaro» y la «Pullukata» (*), cuyos esquemas
guarda dentro de una habitación con olor a intimidad. Allí conserva
3000 libros numerados que mantiene sin cuidado, «ningún ladrón se
roba libros», explica admirando nuevamente su biblioteca rebosante
de recuerdos y diminutas esculturas de plastilina. El pasado jueves,
su jornada fue propicia. Sus cuadros se exhiben en el kilómetro 6 y
1/2 de la Carretera Central, donde Edpyme Confianza abrió una
sucursal. Josué confía en los bríos que lo llevarán a lograr sus
sueños, pero ya no es necesario mucho esfuerzo, éstos ya entraron
con precocidad al mundo de la inmortalidad.
(*) Manta originaria de Huancavelica, Junín y
Yauyos
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